martes, 2 de diciembre de 2008

9 años callado

Tiene 63 años y los últimos 9 los ha pasado con nosotros, en nuestra casa. Es un ser peculiar, de cejas pobladas y barba larga. La cara no refleja su edad, sólo las canas le delatan, pero se conserva muy bien, con su barriguilla de siempre y su poquita mala leche de vez en cuando.

Disfruta comiendo y observando a la gente. Yo creo que mi gusto por el buen comer y el observar se lo debo a él. También me gusta su saber estar, siempre en un segundo plano, sin llamar la atención. No le gusta hablar, es de pocas palabras, me recuerda al hermano de la Pequeña Miss Sunshine o al asceta que hizo la promesa de silencio hasta que Brian cayó sobre él cuando huía de las masas (lo que daría Rouco por verse en una situación similar ahora).

Su estilo vistiendo es sobrio, siempre tonos oscuros, el negro es su color favorito, como Raphael, aunque a veces le puede la vena pija y se marca un "jersele" a rayas de llamativos colores, sin importarle el qué dirán.

Algunas veces me recuerda a mi padre, sentado, con el gesto serio, en silencio, pendiente de todos y hablando con la mirada. Cuando era pequeño, una simple mirada de mi padre bastaba para entenderle, para saber si lo que estaba haciendo era de su agrado o no.

A él le pasa lo mismo. Hace unos días, después de cenar en casa con unos amigos, estaba comentándole algo y mi amigo Piterini, que estaba observando la escena, me dijo: "parece que lo está entendiendo todo". Y tanto que me estaba entendiendo, como entiende cualquiera de mis gestos.

El domingo se sentó en el sofá, a mi lado, y mientras mi Manu y yo veíamos la serie "L", él estaba en silencio observando a las matriuskas que tenemos en el mueble del salón. Quiero recordar que estas muñequitas checas son seis, aunque ahora con el frío muchas veces están sólo las tres mayores, las más hermosas, supongo que las otras, las más menudas, se esconden dentro de las primeras buscando el calorcito.

Pues sí, ahí estaba él mirándolas, como esperando el momento en el que las matriuskas pequeñas se recogen misteriosamente dentro de las grandotas. El viernes, también a mi lado, mientras rebobinábamos el vídeo donde habíamos grabado "Callejeros", observaba sin pestañear a Julián Muñoz en Tele5, cuando, mirando a la cámara, afirmó que no había aceptado comisión alguna por conceder obras en Marbella. Ahí no pudo remediarlo y soltó una especie de quejido, como conteniéndose una sonora carcajada.

Otra cosa que tenemos en común es lo que nos gusta viajar. Le da igual la playa o la montaña, la ciudad o el pequeño pueblo, el apartamento o la casa rural, el caso es salir. Tengo una foto que le hice sin que se diera cuenta, de perfil, en la Plaza del Obradoiro, observando la fachada de la Catedral y la gente que por allí pasaba sin cesar. Además de Santiago, sé que le gustó mucho Combarro, Baiona y, en general, todas las Rías Baixas. Tambien disfrutó mucho en los Caños de Meca, en La Antilla (Huelva), en San José (Almería) y en Portugal, donde se lo pasó pipa en la inmensa playa de Comporta.

Todavía no conoce Madrid, a su edad y no ha estado en la capital, pero cualquier día se apunta a uno de nuestros viajes a IFEMA y me lo veo sentado junto a un ventanal de un Starbucks mirando a la gente pasar mientras se toma su frapuccino caramelo por la pajita verde. O tomándose un par de huevos rotos con papas fritas y jamón en el Fast Good de Juan Bravo. O disfrutando como Audrey Hepburn frente al nuevo Tiffany & Co. de Ortega y Gasset, donde, como dicen los dos, nunca te puede pasar nada malo. O desayunándose unas porras en Fuenlabrada, en casa de mis "cuñaos", de las que hacen en la churrería vecina. O saltando (siempre salta cuando ve una rendija en el suelo) a lo Jack Nicholson en Mejor Imposible, para entrar en el Metro y observar lo que lee o lo que escucha la gente en sus iPods.

Como a mi amigo A. Mata, también disfruta sentado al brasero, es más, se queda dormido al calor del mismo, como Antonio. Pero a él le gusta pasar la tarde con mi madre y hacerse compañía mútua. Me los imagino a los dos, sentados en la mesa camilla, con el braserito, el cafelito, la magdalena y escuchando a mi madre, que en los últimos tiempos ha desarrollado una capacidad de oratoria a la altura de la del Comandante Fidel.

¡Ay! Esa magdalena de la Bella Easo que le encantaba hace unos años, recién llegado a mi casa, y que tanta gracia le hacía a mi amigo Rafa cuando le contaba que también le gustaba pellizcar la parte superior de la magdalena, como le gusta hacer a él, según nos contó su hermana Rocío, antes de dejar de ser persona y entregarse a la siesta.

Pues sí, este es Yako, parte de nuestra familia, un schnauzer miniatura de nueve añitos, que la primera noche dormió dentro de mi "zapatilla de estar por casa" y ahora duerme a pata suelta sobre un mullido colchón, arropado por su mantita polar y abrazado a su osito de Ikea, de la misma edad que él, aunque ya sordo (ha ido perdiendo las orejas estos años) y manco de un brazo (una mañana amaneció sin el relleno del mismo).

Aunque ya lo había nombrado en el blog y por ahí debe haber alguna foto suya, lo menos que podía hacer es dedicarle este post por el tiempo que hemos pasado juntos, por los buenos momentos, por su compañía, por su carácter schusteriano, por habernos mordido a todos alguna vez (a Manu, a Geli, a mis tres sobrinos, a mí, a una sobrina lejana que vino de Francia,...) y por estar ahí siempre.




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